Los festivales y conciertos de música al aire libre, en entornos naturales singulares y privilegiados ya eran un clásico del verano antes de la pandemia. Las sensaciones a verano, descanso, diversión, amigos y familia, regados de cultura, música y naturaleza son si cabe este año -y probablemente los próximos-, más anhelados que nunca, después de las restricciones para frenar las sucesivas olas pandémicas que hemos ido saltando desde marzo de 2020 y que tantas pérdidas humanas, dolor e incertidumbres nos han mellado el alma.

Uno de los sectores perjudicados por las medidas para detener el avance del COVID-19 ha sido y sigue siendo el de la cultura, que tan necesaria se ha demostrado en este tiempo y que cancelación tras cancelación, limitaciones de aforo y otras medidas, no ha cejado en su intento de pensar y lograr formas de mantenerse y, al mismo tiempo, garantizar la seguridad de todos.
Por el contrario, la naturaleza fue la gran beneficiada del gran parón momentáneo del mundo, aunque solo fuera unas semanas. En ese tiempo y a gran velocidad la naturaleza fue capaz de demostrarnos los beneficios que genera minimizar en ella el impacto humano y mejorar, por ende, su salud. Los corzos corriendo en las ciudades, las flores saliendo entre las baldosas, los pájaros sin miedo y la mejora en la calidad del aire eran solo una pequeña muestra desde nuestras ventanas.
Por eso puede que música y naturaleza formen un tándem imbatible siempre que se tenga cierto sentido común a la hora de cumplir con las normas y precauciones para esquivar el coronavirus y, en la misma medida, evitar un impacto nocivo para el medio ambiente.
Sin salir de la capital, las ‘Noches del Botánico’ amenizan las noches madrileñas desde el Jardín Botánico de la Complutense. Con la música de Love of Lesvian, Los Planetas, Ivan Ferreriro, Amaral, Fangoria o Ana Torroja, Los Secretos o Niña Pastori, muchos de los asistentes escribirán nuevas letras en el capítulo veraniego de sus vidas, con recuerdos de música y felicidad; igual que sin salir de la ciudad Condal, en el festival de Pedralbes, en los jardines del Palacio de Pedralbes, uno de los grandes pulmones de Barcelona. En el Jardín Botánico de Cap Roig, en el Bajo Ampurdán (Gerona) se combina cada verano la naturaleza, con el arte, la cultura y la historia.
Pero si además de naturaleza el veraneante quiere disfrutar, historia, patrimonio, gastronomía aderezados de acordes de nivel en los incomparables Paradores entonces ‘Caprichos musicales’ es el plan. En los históricos paradores de Nerja, Corias, Jarandilla, Toledo, Siguenza, Cádiz, Segovia, Sigüenza y Cardona, artistas como Diego el Cigala, Victor Manuel, Estrella Morente, Jorge Drexler, Chucho Valdés entre otros protagonizan este estío una apuesta musical que surgió en pleno 2020 entre Paradores y Madame Vodevil, unos jóvenes productores musicales llenos de valentía e ilusión, que no hacen más que cosechar éxitos.
En la idílica y cargada de historia península de la Magdalena de Santander se celebra este verano el Magdalena Deluxe por donde pasan Ara Malikian, José Mercé o Bonnie Tyler.
MÚSICA + NATURALEZA + GASTRONOMÍA
Maridar música con naturaleza y vino suele salir bien. Si no, que se lo digan a Aranda de Duero que en el corazón de la Ribera celebra en pleno agosto uno de los veteranos grandes festivales musicales. Este verano se mantienen las restricciones de 2020 pero sin bajar un ápice el listón de artistas. Las letras de Coque Malla, Leiva, Loquillo o Emir Kusturica pondrán voz a las noches de este pueblo de Burgos pionero aunar música, vino y ruralidad. La música y el vino son asimismo partners en el Ribeira Sacra Fest, que se ha hecho un hueco en el panorama festivalero del verano al unir artistas, con catas de vino y actividades en un marco espectacular que aspira a ser incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad. Y es que la conocida como España vacía está alzando su voz en este campo, algo que también pone sobre la mesa el Cerdanya Music Festival, que cada agosto se celebra en el pirineo catalán.
De las montañas de los Pirineos saltamos al sistema Central, donde en 2020 se iba a celebrar la XV edición del concierto Músicos en la Naturaleza, que este verano se ha vuelto a suspender ante la evolución de la pandemia. Por allí han pasado desde Bob Dylan a los Beach Boys, pasando por Sting o Fito y Fitipaldis, que hicieron sonar sus guitarras entre las cumbres de Gredos. Habrá que seguir esperando a que vuelva la música a la naturaleza de Hoyos del Espino, pero hasta entonces pueblos de la zona han organizado Gre2Jazz, más pequeño, centrado en el jazz y con vocación de proyecto cultural que quiere permanecer todo el año en el entorno del Barco de Ávila.
Y frente a las imponentes costas y paisajes del Atlántico pontevedrés la Ruta de Festivales de las Rías Bajas te da la oportunidad de disfrutar de música mezclada con arena y sal ante la privilegiada visión, entre otras, de las Islas Cíes, corazón del Parque Nacional de las Islas Atlánticas. La ruta gallega incluye el Atlantic Fest, Vive Nigrán, Festival Sinsal o SonRías Bajas, todos ellos en enclaves que se quedan para siempre grabados en la memoria.
La música calma y equilibra el espíritu y los efectos beneficiosos de la naturaleza están más que demostrados. Quizá una buena medicina en el descanso vacacional sea poder disfrutar de un concierto en un jardín urbano, en la montaña o frente al atardecer en el mar, con amigos, familia o con quien quiera que aporte vitaminas positivas a cada persona. Música y naturaleza juntas en verano pueden ser la vacuna para los días del frío invierno, en pleno curso laboral y escolar, cuando flaquean las fuerzas.
Se atribuye a Igor Stravinsky la frase: “No basta con oír la música. Además, hay que verla” y añado que si es en un enclave natural mucho mejor. No obstante, el equilibrio debe garantizarse y el impacto ambiental que genera un concierto debe ser cero o incluso positivo para el entorno donde se celebra. En ese sentido, los organizadores de estos eventos han de garantizar el debido cuidado ambiental, la adecuada gestión de los envases que se generan, minimizar el impacto del ruido y dejar el espacio igual o mejor que antes de montar el escenario. Cada vez con mayor esmero la organización de los distintos conciertos tiene claro que su actividad cultural va ligada necesariamente a una política de impacto cero. Pero sin duda, la colaboración de los asistentes es crucial. Se presupone que quien se desplaza hasta las Rías Bajas o a la Sierra de Gredos a disfrutar de un concierto en sus maravillosos parajes quiere repetir en un enclave singular, bien cuidado y gestionado, pero lamentablemente, a veces solo se supone.
Eva González, periodista especializada en Medio Ambiente.

