Amaneció el día más estupendo de los días estupendos. Con un cielo brillante y una visibilidad en la lejanía a prueba de cohetes.
Así que nuestros cosmonautas se prepararon a conciencia, se pusieron los cascos de montar en bici por si acaso, se tomaron un par de plátanos y unas cuantas nueces y dátiles para tener reservas de energía y se subieron al cohete que les esperaba en el jardín trasero de la casa nueva de la familia de Mica. La princesa Leia, previsora ella como suelen ser las princesas de las galaxias, había tenido el detalle de dejarles un cohete con conductor, un conductor con muchísimas horas de vuelo intergaláctico y una sonrisa de oreja a oreja que daba confianza para ponerse en sus manos y emprender viaje a la Luna, Marte, Saturno, los anillos de Saturno, Venus o donde hiciera falta.

Se llamaba Nicanor, hablaba muy poco, pero nada más despegar, dijo:
“Bienvenidos a bordo. Les informo que estamos en la misión ECO-L.E.C. 300 247 / SANDY-ASPI y que, ante cualquier eventualidad, tendrán que dar este código a nuestra central de cohetes de la Estación Espacial Intermundial situada encima de la isla Tuvalu del Pacífico, justo en la frontera entre la Termosfera y la Exosfera”.
“¡Oído, cocina!”, dijo la Abuela Anastasia.
Nicanor la miró de una manera un poco estricta, pero enseguida sonrió de oreja a oreja, pues se dio cuenta de que ninguno de los miembros de esta tripulación estaba acostumbrado a los viajes espaciales, y tendría que tener un poco de paciencia.
“¿ECO-L.E.C., por qué Misión Ecolec?”, preguntó Mica.
“Quiere decir Eco lunas.estrellas.constelaciones”, contestó rápidamente Nicanor.
“¡Aaah!”, exclamaron todos a la vez.
Mica, Michelito y la Abuela Anastasia, por la parte humana, y el Señor Microondas y la Señora Tostadora, por parte de las máquinas electrodomésticas, se ajustaron los cinturones de seguridad con tanta seguridad como si lo hubieran hecho cien veces y emprendieron viaje para rescatar a Sandy Wichera y Doña Aspiradora de su doloroso e injusto destino como basura espacial por culpa de los malvados de El Retiro del Cacharro, que no les dejaron que cumplieran con su ciclo vital y sostenible.
“¡Vamos allá!”, dijo, solemne, Mica.
A medida que el cohete subía, Michelito y Mica no perdían detalle de cómo era su casa nueva, el tejado, el jardín, la urbanización en la que estaba, la ciudad entera, la casa antigua, los dos rascacielos de la ciudad, los nudos de carreteras, las afueras de la ciudad, su colegio en medio de un pinar, los campos, el polígono industrial que tienen todas las ciudades industriales, el río…
Subieron y subieron y pudieron apreciar las montañas, la costa cercana, el mar, la ciudad a la que van de vacaciones, las gaviotas volando…
Su provincia, su comunidad autónoma y las tres comunidades autónomas vecinas, su país, la Unión Europea, Islandia, África, sabanas y selvas, volcanes y glaciares, Asia y Malaysia, incluso Japón, las islas Seychelles y las islas Maldivas con las que tantas veces soñaron, Estados Unidos, el Cañón del Colorado y los bosques de secuoyas, Latinoamérica, el Amazonas y las cataratas del Iguazú… El mundo entero, el esférico planeta Tierra… Solo Michelito hizo un comentario: “Mira que es pequeña nuestra urba, Mica…”.
Y Mica, pensativa, le respondió: “Ya. Y la gente se cree que es el Universo entero y se enfadan por pequeños problemas de la comunidad. Los gobiernos tenían que subvencionar viajes en este tipo de cohetes para todo el mundo, para que vieran el planeta y se dieran cuenta de lo chiquitos e insignificantes que somos”.
A medida que iban tomando altura, todo se volvía más azul y nebuloso. Como una fantasía de colores claros. Todo se volvía más relativo. Más relativo en el espacio, en el tiempo y en el pensamiento. Niños, abuela y máquinas electrodomésticas entraron en una especie de catarsis, de empanada mental, de ensoñación, que les hizo alejarse muchísimo de las pequeñas cosas y problemillas del día a día.
“Tenían que haber venido Mamá y Papá también”, dijo Michelito, “para aprender a darle menos importancia a muchas cosas, que si el orden, que si los deberes, que si los horarios… Uf”.
La abuela Anastasia estaba en su salsa. En la salsa más rica de nata y champiñones que hizo nunca para la pasta. Es decir, estaba feliz y súper motivada.
Tanto que no paraba de gesticular con las manos y de cuchichear con el conductor del cohete. A saber qué le decía. Nicanor solo movía la cabeza y de vez en cuando encogía los hombros.
Pero a medida que se elevaban –y se habían elevado ya más de 1.000 kilómetros y se habían salido de la atmósfera de la Tierra– también comenzaron a ver mucha basura. Basura espacial. Todo tipo de desechos. Todo tipo de máquinas electrodomésticas convertidas en basura espacial por haber sido retiradas antes de tiempo. La abuela Anastasia incluso creyó ver la lavadora de una vecina de la antigua casa. Y Mica alguna maquinilla de afeitar de su padre; recordaba bien que tuvieron unos años en los que les dio por regalarle una nueva maquinilla cada vez que cumplía años o celebraba su santo. Así, a tontas y locas. Una costumbre ridícula como muchas otras.
Y Michelito prestaba mucha atención para ver si veía alguno de sus juguetes de pilas de cuando era pequeño. Tan absortos estaban en identificar la basura espacial que no prestaban mayor atención ni a las estrellas, ni a los agujeros negros, ni a las enanas marrones…
Y de repente –bueno, de repente no, que habían pasado ya unas cuantas horas, seis, siete, ocho o nueve, que es difícil de calcular el tiempo en el espacio, es como que adquiere otra dimensión…–; de improviso, la Señora Tostadora empezó a soltar unos sonidos extraños, que parecía Peppa Pig, como nunca antes había emitido, como si hubiera tostado cien rebanadas de pan a la vez. Todos la miraron y ella dirigió su cable y su enchufe hacia un punto muy determinado del espacio interestelar.
¡Efectivamente, allí estaban Sandy Wichera y Doña Aspiradora!, flotando, tristísimas y descolocadas, agarradas de la mano, bueno, de sus cables…
“¡Son ellas! ¡Están allí!”, exclamaron todos a la vez.
A lo que el Señor Microondas añadió: “Una misión milimétricamente perfecta”.
“¡Menos mal!”, exclamaron todos a la vez.
“¡Ay, Sandy!, ¡qué destartalada te veo!”, añadió Molinillo TurboX. “Yo te reajustaré todos tus engranajes, amorcito!”.
Y todos soltaron un suspiro. Un suspiro tan hondo y fuerte que el conductor del cohete tuvo que advertirles: “No suspiren ustedes tanto que se nos carga esto de una energía extraña que con la ausencia de gravedad puede provocar un cortocircuito y podemos ponernos todos verdes por una extraña reacción electroquimicamagnética”.
Y ya se sabe que cuando uno está haciendo un viaje espacial, lo mejor es dejarse aconsejar por los expertos en electroquimicomagnetismo.
“¿Y cómo vamos a hacer para rescatarlas sin que se nos haga el vacío en el cohete y salgamos todos absorbidos a la inmensidad del espacio?”, preguntó, oportuna y muy profesional, Mica.
“¡Ja, ja, ja! Ningún problema”, respondió Nicanor. “Este cohete está especializado en este tipo de misiones de rescate y cuenta con un cordón aspirador que desemboca en un compartimento estanco en un lateral del la nave, que no se abre hasta que tomemos tierra. Es totalmente seguro. Eso sí, tendréis que esperar a que hayamos regresado a la urba para saludar, abrazar y besar a vuestras amigas descarriadas. Mientras, en el viaje de vuelta, estarán aisladas”
“’Fenomenaaalll”, dijeron todos alargando mucho la letra a y la letra ele.
A lo que el Señor Microondas añadió: “Me repito: una misión micromilimétricamente perfecta”.
“Como habéis podido comprobar, mi amiga la princesa Leia ha pensado en todo”, añadió la abuela Anastasia con un gesto así como de seguridad y suficiencia. “Mucho más resuelta que la princesa esa de Frozen, por mucho que a ti, Michelito, te guste tanto”.
“Hey, mirad”, dijo de repente –ahora sí– Michelito. “Mirad allí a la derecha… Una lavadora convirtiéndose en una estrella fugaz…”.
“¡Hala!”, exclamaron todos alargando mucho la letra h y la letra a.
“Es un fenómeno habitual y muy positivo”, añadió, muy profesional, Nicanor.
Pero, disculpad, esto ya es materia estelar del siguiente capítulo.
Texto escrito por Rafa Ruiz, periodista y coordinador de El Asombrario.
Ilustración realizada por Raúl Ortiz.
Puedes leer el octavo capítulo aquí.

