
El reciclaje actual de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) depende de dos métodos industriales: la pirometalurgia (fundir los aparatos a más de 1.200 °C) y la hidrometalurgia (disolverlos en ácidos fuertes como el nítrico o el sulfúrico). Ambas técnicas tienen una huella de carbono.
Actualmente se sigue investigando si es seguro escalar el uso de bacterias y hongos modificados genéticamente para que «se coman» los residuos y extraigan de forma limpia los metales reciclables.
La química tradicional frente al biorreciclaje: el debate de la eficiencia
La biolixiviación utiliza microorganismos vivos (como la bacteria Acidithiobacillus ferrooxidans o el hongo Aspergillus niger) que producen compuestos orgánicos capaces de disolver y capturar metales reciclables de las placas de circuito impreso de forma natural.
Hay dos versiones en cuanto a este proceso. No está claro si reduce las emisiones de gases de efecto invernadero del reciclaje en más de un 80% en comparación con la fundición tradicional o si los tiempos biológicos son incompatibles con el ritmo industrial: una bacteria puede tardar días o semanas en lixiviar lo que un horno pirometalúrgico funde en cuestión de minutos.
Datos de laboratorio: la rentabilidad de las «minas biológicas»
El enfoque biológico es metabólicamente viable. Algunas cepas bacterianas optimizadas en laboratorio ya son capaces de recuperar entre el 80% y el 90% de metales presentes en el polvo de tarjetas de circuitos trituradas.
El dilema no es la capacidad de absorción del microbio, sino la gestión del riesgo: introducir toneladas de cultivos bacterianos acidófilos en procesos industriales abiertos plantea preguntas sobre la bioseguridad y el control de fugas biológicas hacia los ecosistemas locales.
El reto normativo: ¿cómo encaja un ser vivo en una planta de RAEE?
Las normativas de seguridad laboral y gestión de residuos peligrosos están diseñadas para entornos físico-químicos inertes, no para biorreactores masivos llenos de microorganismos vivos.
Tal y como analiza la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA), la introducción de nuevos agentes biológicos en procesos de valorización de residuos industriales exige demostrar que las cepas modificadas no mutarán ni generarán resistencias en el entorno.
El sector se encuentra, por tanto, ante una encrucijada: mantener los hornos industriales tradicionales de alta huella ecológica o arriesgarse a transformar las plantas de reciclaje en laboratorios biológicos.

