Dejar todo sin mirar atrás para poder seguir adelante. Eso precisamente tuvieron que hacer 30,7 millones de personas en 149 países en 2020 a consecuencia de desastres naturales repentinos, sobre todo tormentas, inundaciones, incendios descontrolados o sequías, según las estimaciones del Observatorio de Desplazamiento Interno de la Oficina Mundial de las Migraciones de la ONU (OIM). Esto equivale a como si en torno al 64 por ciento de la población española hubiera tenido que abandonar su casa, su pueblo, ciudad, así como a su familia y amigos.
En un mundo de cifras, puede que 24,9 millones suene a poco, pero lo cierto es que se trata de un número casi tres veces mayor que el de nuevos desplazamientos por conflictos y violencia en ese mismo año. Pero es que, además, a estos migrantes se van incorporando poco a poco los causados por los fenómenos de evolución más lenta o callada pero que no dejan de avanzar, como los asociados al cambio climático que afecta en mayor medida –como casi siempre—a las zonas rurales, a las poblaciones más desfavorecidas y pobres, los países en desarrollo sin litoral, los pequeños estados insulares, las ciudades costeras más densamente pobladas; en general, a las personas más vulnerables y con menor capacidad de resistir las embestidas de la naturaleza y del clima.
Estas conclusiones forman parte del documento final de la Primera Sesión del Diálogo Internacional sobre la Migración de la OIM que se celebró durante el mes de mayo pasado con el objetivo de impulsar una acción integrada en desarrollo sostenible en el ámbito de la migración, el medio ambiente y el cambio climático.
Por su parte, el Banco Mundial ha advertido recientemente: Si no se ponen en marcha de una vez por todas medidas en materia de clima y desarrollo, más de 143 millones de personas podrían verse en la encrucijada de tener que desplazarse por los efectos del cambio climático (el triple que la población española).
En tanto en cuanto la degradación ambiental, la pérdida de biodiversidad y las consecuencias del cambio climático –bien definidas por los científicos del IPCC, (el Panel Intergubernamental de Expertos en esta materia de la ONU)— avanzan sin que aún les hayamos puesto tope, la afectación a la población es inevitable, se extiende a amplias partes del mundo y perjudica al modo de vida de las personas.

También está detrás de buena parte de estas migraciones los perjuicios que el cambio climático provoca a la seguridad humana, a la disponibilidad de recursos, a la seguridad y garantía alimentaria e hídrica, que puede agravar las tensiones que azuzan la pobreza, la violencia y los conflictos.
En el marco de la Agenda 2030 y de los compromisos adoptados en el Acuerdo del Clima de París, la OIM insiste en que las causas de la pobreza, los conflictos y los desplazamientos, así como las consecuencias del cambio climático, son globales y están interconectadas, por tanto, deben ser abordadas de manera “global, colectiva, holística e innovadora” y centrando los esfuerzos en la acción temprana, la prevención y la preparación para afrontar estas situaciones y minimizar sus efectos. “Les debemos a todos los afectados nuestro compromiso total para la implantación de los principios adoptados en el Acuerdo de París, en el Marco de Sendai para la Reducción de Riesgos de Desastres y en el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular”, defiende el director general de la Organización Internacional para las Migraciones, António Vitorino.
Pero mientras llegan las esperadas acciones detrás de las bonitas palabras, una de las maneras más crudas y sinceras que nos facilita la comprensión de este descomunal desafío es el cine. En esta cuestión tan sensible y dolorosa, la mirada cargada de empatía que realiza el cineasta canario David Baute en ‘Éxodo climático’ es una radiografía certera de la cuestión.
El filme obtuvo el reconocimiento a los valores medioambientales de la ‘Espiga Verde’ en la 65ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI). Narra el drama de tres mujeres, de Kenia, India y de Isla de San Martín que se ven obligadas a emigrar en busca de nuevas oportunidades a consecuencia del cambio climático.
El director tinerfeño tardó unos ocho años en ver su película proyectada porque tenía claro que su forma de narrar un documental pasa por el respeto y la delicadeza con las personas para lograr retratar de la manera más fiable y confiada su realidad. El largometraje documental viaja a la isla de San Martín, en el Caribe, afectado por inundaciones, huracanes y recurrentes tormentas tropicales; Ghoramara (India), por la subida del nivel del mar y Turkana, una comunidad nómada entre Kenia y Uganda, que sufre una intensa sequía. Allí Vanesa, Soma y Loubin, tres mujeres exponen sus vidas, su entorno y cómo el cambio climático ha terminado por llevarlas a la decisión de ir en busca de un futuro más seguro para ellas y sus familias.
Pero en este éxodo, además de poblaciones y vidas dejadas atrás, también se pierde su propio acervo cultural, tradiciones y costumbres al incorporarse, normalmente, al ritmo de ciudades más grandes. Ese es el caso de Ghoramara, una pequeña isla situada al sur de Calcuta, que llegó a tener una extensión de unos 20 kilómetros cuadrados y de la que ahora apenas quedan cinco kilómetros cuadrados por culpa de la erosión por la sobreexplotación de los mangales y la subida del nivel del mar. En ella ahora apenas queda una comunidad de 3.000 personas que se van marchando y perdiendo su cultura isleña.
Baute pone así rostro al desamparo de los millones de refugiados climáticos que pierden su hogar y su cultura. El drama va en aumento. Ver y sufrir con la carga emocional de este filme y su preciosa fotografía es un buen ejercicio para acercarse a esta realidad. Tras su premio en la Seminci, la película ha sido ya exhibida en festivales cinematográficos de Grecia, Uruguay, Australia y Corea del Sur.
El año 2021 está cargado de nuevas oportunidades para ponerse manos a la obra, como en la Cumbre de Biodiversidad de Kunming (China) y la de Cambio Climático de la ONU en Glasgow (COP26) o en el progreso de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030. La OIM trasladó en mayo a las partes de estas cumbres, entre otros, un documento con 11 puntos y recomendaciones para revertir la tendencia de las migraciones de personas por razones climáticas.
Eva González, periodista especializada en Medio Ambiente.

